¿Qué es el ecofascismo?
Con base en el análisis de Evangelos D. Protopapadakis (2014), el ecofascismo puede entenderse como una radicalización de determinadas concepciones de la ética ambiental, con importantes antecedentes en el romanticismo alemán, en particular en las corrientes del movimiento völkisch. Al mismo tiempo, opera como una ideología autónoma y dinámica tanto dentro del fascismo como en la propia ética ambiental.
En su formulación más radical, la ecosfera tiene un valor moral superior al de todas las especies y de los individuos. Bajo este paradigma, la democracia, el progreso, la industrialización y la urbanización se ven como un cáncer que debe erradicarse. La ecosfera se erige como la única portadora de valor moral absoluto; el Homo sapiens, al igual que cualquier otra especie, posee apenas un valor relativo. Al formar parte de un todo, la humanidad debe someterse al bienestar integral de la ecosfera, subordinando cualquier interés individual al de los intereses colectivos del medio ambiente.
Las posturas radicales del ecofascismo
Protopapadakis (2014, p. 592) analiza uno de los casos más paradigmáticos del ecofascismo: el filósofo finlandés Kaarlo Pentti Linkola. Dicho autor establece que la población humana debe reducirse de forma drástica e inmediata, sin importar los medios empleados y sin entrar en debate sobre lo justo o lo legítimo; la ética y la moral quedarían por completo en segundo plano en busca de un “bien mayor”. En ese sentido, para Linkola, la guerra es una bendición para la ecosfera, en particular si se centra en lo que él denomina blancos «precisos»: las mujeres jóvenes y los niños, es decir, el potencial reproductivo de la especie. La brutalidad de su pensamiento queda en evidencia en sus propios textos:
«It would be a spark of hope if only wars were to morph in such a way as to target the actual breeding potential of a population: young females and children, half of whom are girls. Unless this happens, war will mostly remain a waste of time or even a harmful activity (Linkola, 2009, p. 109). (Sería un rayo de esperanza si las guerras se transformaran de tal manera que se centraran en el potencial reproductivo real de una población: las mujeres jóvenes y los niños, la mitad de los cuales son niñas. A menos que esto ocurra, la guerra seguirá siendo, en su mayor parte, una pérdida de tiempo o incluso una actividad perjudicial)».
Desde la perspectiva extrema de Linkola, los millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial fueron un acontecimiento positivo, en tanto que la Tierra se «liberó» de decenas de millones de personas. Retomando un texto de Linkola de 1979, citado por Protopapadakis (2014, p. 593), se rescata la siguiente afirmación:
«We even have to be able to re-evaluate the fascism and confess the service that that philosophy made 30 years ago when it freed the earth from the weight of tens of millions of over-nourished Europeans, 6 million of them by ideally painless means, without any damage to the environment. (Incluso tenemos que ser capaces de replantearnos el fascismo y reconocer el servicio que esa filosofía prestó hace 30 años, cuando liberó al planeta del peso de decenas de millones de europeos sobrealimentados, 6 millones de ellos mediante métodos idealmente indoloros y sin causar ningún daño al medio ambiente)».
La propia cita dice mucho más que cualquier análisis…
El plan de acción en el ecofascismo de Linkola
En sus escritos posteriores, Pentti Linkola (2011, p.86) sostiene que la cultura occidental ha llevado a la Tierra al borde del abismo y de la extinción. Ante una mayoría humana que percibe como vencida o rendida, Linkola critica duramente lo que denomina la «política del chanchullo»: las políticas verdes centradas en coches eléctricos, paneles solares, reciclaje y filtros. Para él, estas acciones son incompetentes frente a la magnitud del mal que se avecina.
Para contrarrestar el deterioro ambiental, Linkola (2011, pp.119-129) plantea acciones radicales, dentro de las que rescato cinco principales:
- Un plan demográfico autoritario: Propone que la procreación deje de ser un derecho y pase a ser autorizada por el Estado (inspirado en la antigua política de un solo hijo de China), pero con un enfoque eugenésico centrado en la «calidad de la población». A los hogares considerados «genéticamente inadecuados» se les negarían las licencias reproductivas. El objetivo es alcanzar una población sostenible, promoviendo el aborto, así como una estricta cultura de buena alimentación y de ejercicio.
- Supresión energética: Los combustibles fósiles y la red eléctrica (especialmente en exteriores) quedarían suprimidos. La calefacción invernal dependería de chimeneas de leña reguladas. La escasa energía permitida provendría exclusivamente de fuentes eólicas, lo que destruiría la infraestructura de producción restante, como las centrales hidroeléctricas.
- Gestión del dióxido de carbono y reforestación: El plan exige reforestar masivamente con árboles y arbustos para reestructurar la flora y la fauna, lo que permite formas de alimentación más alineadas con la naturaleza. Curiosamente, la fabricación de papel se mantendría, aunque bajo estrictas regulaciones.
- Desindustrialización de la agricultura: Se eliminaría la maquinaria industrial. La población se organizaría en pequeñas unidades productoras para producir sus propios alimentos a nivel local, eliminando la necesidad de transporte. La preservación de alimentos volvería a métodos antiguos (sal, azúcar) y se respetaría estrictamente la temporalidad de las cosechas.
- Eliminación del tráfico moderno: Las personas deberían vivir confinadas en distritos autosuficientes y desplazarse únicamente a pie o en bicicleta. Los automóviles privados y los motores náuticos serían prohibidos y las carreteras serían destruidas para permitir la reforestación. El tráfico aéreo y marítimo cesaría por completo para mantener la mayoría de los territorios en estado virgen.
En resumen, su planteamiento consiste en la imposición de una sociedad de subsistencia que deje atrás la lógica del capitalismo (orientada a la acumulación y al valor de cambio) para instaurar una estricta lógica del valor de uso. Todo se ajustaría a las necesidades básicas de una población drásticamente reducida, lo que marcaría la subordinación absoluta y totalitaria del ser humano a la ecosfera, o, para ser más preciso, a la élite dirigente que se autoproclamaría idónea para llevar a cabo dicho proyecto político, cuyas consecuencias podrían adquirir dimensiones de exterminio masivo. En ese marco, debemos recordar que no pocas veces las mayores atrocidades se han disfrazado de supuestas causas nobles y justas.
Reflexiones finales
Las posturas radicales que hoy en día proliferan en redes sociales —aquellas que consideran al ser humano intrínsecamente una plaga o un «virus» para el planeta— corren el riesgo de contaminarse con ideologías tan aberrantes como las aquí expuestas. Si bien la crisis medioambiental requiere nuestra atención urgente, posturas como las de Linkola generan, sin lugar a dudas, un profundo malestar ético.
En ese marco, tenemos que matizar que no toda misantropía es ecofascismo, así como que el problema no radica en darle el valor que se merece a la naturaleza, a su respeto y a la vida en armonía; el problema radica en las medidas contra el ser humano, al entenderlo como incompatible con la ecosfera, lo que puede conducir a posturas que puedan justificar la eliminación sistemática de personas que considerarían perjudiciales para un bien mayor.
Entender el ecofascismo nos ayuda a comprender sus motivaciones últimas, sus excesos y el grave peligro político que representa. La serie de ficción dirigida por Jordan Scott, en la que actúa Eric Bana, titulada A Sacrifice, plasma de manera sugerente los mecanismos psicológicos mediante los cuales se puede racionalizar el sacrificio de la vida humana en nombre del medio ambiente, ilustrando cómo operan las sectas que inducen a la muerte bajo la promesa de un supuesto bienestar ecológico general.
Sin duda alguna, las posturas expuestas en el presente documento son un severo recordatorio de que la ética ambiental pierde todo su sentido cuando, para salvar el hogar de la humanidad, se decide sacrificar millones de vidas “inferiores” bajo los preceptos de gente ante la que la vida de los seres humanos no vale nada, en particular, de niñas y mujeres en edad reproductiva. Para aliviar la crudeza y el malestar de lo expuesto hasta acá, dejo la postura de la Santa Sede, escrita por el Papa Francisco en la encíclica Laudato si’:
«La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que «menos es más». La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco» (Francisco, 2015, p. 168).
Las alternativas medioambientales son sumamente amplias, podemos recoger una gran cantidad de propuestas de tradiciones políticas sumamente diversas. La próxima semana abordaré la postura del comunismo decrecentista del japonés Kohei Saito (2022)
Sobre el abordaje del fascismo
Con referencia al último blog, en el que abordé la banalización del término fascismo, debemos tener en cuenta que el ecofascismo debe considerarse con cautela como categoría, ya que no toda postura ambiental radical, misantrópica o autoritaria es fascista. El concepto resulta pertinente cuando la crisis ecológica se articula con elementos propios del fascismo, como la pretensión totalitaria, la eugenesia, la violencia como mecanismo regenerador, el partido-milicia, el movimiento de masas o la religión política, que, en el caso del ecofascismo, se entremezclan con una concepción radicalizada de la naturaleza y de la crisis ambiental.
De este modo, no todo el ambientalismo extremo puede calificarse de ecofascista, pero tampoco debe descartarse el término cuando la defensa de la ecosfera termina por justificar formas de dominación, exclusión o violencia propias de una matriz fascista, en particular cuando un Estado totalitario se presenta con la capacidad de exterminio masivo de seres humanos. Sin embargo, el exterminio masivo no fue solamente un rasgo característico del fascismo; ello demuestra la complejidad de abordar el fenómeno. También recordemos que el fascismo no se destacó precisamente por ser un defensor del medio ambiente.
Referencias bibliográficas:
Francisco. (2015). Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común. Libreria Editrice Vaticana.
Linkola, P. (2011). Can Life Prevail? Arktos Media.
Protopapadakis, E. D. (2014). Environmental Ethics and Linkola’s Ecofascism: An Ethics Beyond Humanism?. Frontiers of Philosophy in China, 9(4), 586-601.
Saito, K. (2022). El capital en la era del Antropoceno. Penguin Random House.


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